Vejez



Mi ángel de la guarda envejece:
sordo y somnoliento.

Un pájaro solo ya no canta y viene a mi ventana.

En mis manos,
aparecen sombras de un desconocido continente;
mis piernas se rebelan, los ojos ven claros
sólo
los recuerdos
pero,
se velan a la luz presente.

Se han ido los amigos envueltos en su capa,
La columna empequeñece,
se aferra a la piel del rostro,
a su sonrisa.

El río caudaloso ya no trae agua.